La Noche del Koala

blog escrito de Tebu Guerra

Etiqueta: Relato

Valguamar, dos relatos

Valguamar, cuentos de lugares, amores y difuntos fue un libro trabajado junto a Gemma Solsona. De ella son diez de los doce relatos que lo componen, y míos son dos. Son relatos demasiado largos para postearlos en el blog, así que copio las sinopsis de  las historias que nos curramos.

El libro fue publicado en el 2010 por Editorial Hijos del Hule y puedes encontrarlo en las librerías preguntando por el siguiente ISBN: 978-84-936002-6-6

 

Valguamar - Valparnaso - Atxe
Atxe

Al Bosque Nunca Más

Se desarrolla en el pueblo de Valparnaso, donde todas las historias son tristes y crueles, de amores frustrados, muerte, venganza, asesinatos… un pueblo imaginario, siniestro y desdichado, donde la fatalidad se ha instalado en la vida de sus habitantes.

Sinopsis:
El bosque de Valparnaso es un lugar sombrío al que ni Doña Rosario, la curandera, se atreve a entrar. Una tarde la vieja ve salir del bosque a Mariana; la niña lleva el vestido roto y en su cuerpo se adivinan signos de violencia. Rosario intentará averiguar lo ocurrido, y eso la llevará a rastrear la atormentada historia de su familia vecina: la desaparición del patriarca Arzís, y la enfermedad de Edna, la madre, que nunca abandona la casa.

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Valguamar - Maronia - Xavier
Xavier Casals

Islabel

Dentro del escenario de los relatos que transcurren cerca de un faro, en playas hermosas y solitarias, islas perdidas en el mar… Con el mar como testigo, las historias que suceden entorno a esta isla se acercan a la leyenda.

Sinopsis:
En la isla nunca habían sido testigos de una tormenta como la de aquella noche. Mientras hace su ronda, el guardacostas encuentra una niña en la playa cuyas únicas pertenencias son su misterioso nombre, y un catalejo con el que la niña busca el barco donde siempre vivió. Un barco donde se encuentra la única compañía que tuvo durante la travesía; un viejo marinero que día tras día le repetía la misma promesa.

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Me gusta

Me  gusta recordar cuando te veía. Me gusta recordar cuando me proponías un café y nos veíamos en el centro, me arrastrabas a un sitio nuevo, y siempre encontrábamos un hueco libre, para nosotros, como si lo hubieras reservado. Tu té con limón, mi café con leche. Y veía tu cara y me hablabas con los ojos. Y me hablabas de esa manera con la que nadie, nunca, me había hablado. Y discutíamos, y el tiempo se estiraba y nos atrapaba en sus entrañas, y nos obligaba a comer algo y nos pasábamos a la cerveza. Le ponías palabras a mis dramas. Y yo fui tu apoyo, aquella época, en la que intentábamos olvidar, y a olvidar se empieza con un cubata, decidimos. Y nos dejábamos llevar, y desafiando a la resaca, aceptábamos el peaje, aunque el pago siempre fuera un día de mierda en la oficina. Siempre te creí, y siempre me fui a la cama con la promesa de un mundo mejor. Me gusta recordar, qué fue lo que compartimos. Y me gusta recordar cómo lo compartimos. Me gusta mucho más de lo que ahora puedes darte cuenta. Me gusta recordar, porque ahora, ya no es lo mismo.

 Ahora, desde hace un tiempo, estar contigo, ya no me gusta. No me gusta.

No me gusta cuando nos vemos, al mediodía, y comemos de menú en sitios nuevos, con esos platos tan raros que nos sirven con prisas de ejecutivo. No me gusta tu gesto, el primero, antes de sentarte. No me gusta que lleves tu  mano al bolsillo y cojas el teléfono, que lo desbloquees, y revises, si ha ocurrido algo en los últimos cinco minutos. Y te rías, con el último comentario, que rechaces una solicitud de amistad, que aceptes participar en el próximo evento, que te detengas un momento a pensar, y te lleves el dedo a los labios, y cierres los ojos, y arrugues la nariz, y hagas ese gesto que haces en medio de un esfuerzo, para resumirlo todo en ciento cuarenta caracteres que no puedes compartir, conmigo, en ese momento, en el que me tienes delante, sentado, esperando a que regreses. No me gusta, esa primera, de muchas ausencias. Como agujeros negros que se abren en el tiempo presente, y que te absorben  y que me dejan fuera, me olvidan, a mi, en ese momento, que estoy contigo, ahí, sentado, con cara de tonto. No me gusta que me saques una foto, con esta cara de tonto. No me gusta, porque yo y mi cara de tonto estamos aquí, frente a ti, esperando a que regreses. Echándote de menos. Acordándome de ti.

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Desahucio

Una familia. Un marido joven, una esposa, más joven, un niño y su hermana.

Un hogar. Un hombre joven, una mujer, más joven, dos niños.

Una casa. Cuatro paredes, nueve puertas, diez ventanas, un techo.

Una familia. Un hombre joven y un trabajo, un sueldo. Una mujer, más joven, un hogar, dos niños, un marido. Un niño, y su hermana, una madre, un padre. Un hogar.

Una casa. Doscientos mil euros. Un sueldo. Un banco. Una hipoteca.

Una hipoteca. Un despido, un finiquito. Una hipoteca, un impago, dos impagos, tres, cuatro. Un banco, una firma. Un abogado, un juez, una sentencia. Una carta, una fecha límite.

Un policía, un trabajo. Dos policías, tres, cuatro, cinco, diez policías. Diez trabajos. Diez sueldos, diez familias, diez hogares. Diez casas y diez hipotecas. Un jefe y una orden. Es un trabajo. Un desahucio.

Una familia, un desahucio. Un hombre, que envejece. Una mujer, ahora menos joven. Dos niños, ahora menos niños. Una familia sin hogar. Un hogar sin casa. Un desahucio. Dos desahucios, tres, cuatro, cinco desahucios. Seis desahucios.

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Disculpe mi franqueza

Usted perdone señorita, perdone mi franqueza. La he visto tan distrida que no he podido evitar un vuelco en mi interior. Iba yo en aquél autobús, la línea cinco, y miraba por la ventana hasta que me encontré con usted, anhelando los zapatos del escaparate. Discúlpeme la intromisión, pero, ¿es realmente tan feliz como aparenta? No se enfade conmigo, no pretendo molestarla, es sólo que su alegría me parece tan fugaz que no tuve más remedio que apearme y acudir a su encuentro. No quisiera incomodarle, pero es que hay algo en su manera de pestañear que desconfío, no puedo creer que quiera a la vida tanto como a sí misma, es la suya una actitud egoísta. Me he tomado la licencia de acercarme hasta usted con la intención de favorecerla. ¿No podría obviar por un momento la falsedad de su sonrisa? Sentémonos, le invito a un café y puede usted sincerarse conmigo. Observe, llevo un pañuelo de repuesto con el que puede limpiar sus lágrimas. Sé que no es feliz, no intente mentirme, señorita. Es un insulto a mi inteligencia. En su agarrar el paragüas hay un algo que no puedo explicarle, un gesto perdido que delata la falta de humanidad de la que haría gala si renunciara a mi invitación. Vamos, no invente excusas para mi clarividencia, declinar mi convite sólo agravaría aún más si cabe su situación de desamparo. No me malinterprete, mis intenciones son de lo más bienhechoras, solidarias si prefiere, pero acepte la compañía de este caballero que le tiende una mano comprensiva. No presuponga malos propósitos, no es mi deseo violentarla. No se vea arrastrada a acceder a mi deseo si no es de su agrado, pero tenga a bien barajar mi  ofrecimiento. Y dispense, señorita. Disculpe mi tristeza. Pero verle tan feliz me impide seguir mi camino sin plantearme una cuestión. Es una duda que me asalta desde que la vi, hace unos minutos. ¿Es franca su alegría? Quiero decir, y deseo que me comprenda, tal y como está este mundo miserable, tan revuelto que resulta apenas comprensible, ¿cómo puede sonreir tan abiertamente?

No, por dios. No llore, a ver si voy a enojarme. ¿Es que no era cierta su felicidad hace unos instantes? Ciertamente me hace usted dudar de su honradez, me demuestra el vacío que pude observar cuando por aquí pasé y la ví por vez primera. Tenga, utilice mi pañuelo, ¿ve usted lo que le decía? Su alegría no mostraba otra cosa que egoísmo contenido. No se entristezca, señorita, no pretendía herir sus sentimientos. Sólo intentaba que se diera cuenta de cómo funcionan las cosas hoy en día. No llore demasiado, solo un poco, que no desentone con los que le rodean. Una llantina incontrolada no haría justicia a la belleza de sus ojos. ¿Tiene usted novio? Oh, disculpe mi indiscreción, y claro que no, qué tonto soy, si lo tuviera no se habría puesto de ese modo, tendría unos brazos que le rodearían en actitud protectora.

Qué estúpido he sido al dirigirme a usted con tanta sinceridad. Nada más lejos de mi propósito que hacerle daño. Disculpe, pero me apenaba ver cómo se estaba engañando. No llore, límpiese la nariz, y cómprese esos zapatos que tanto admiraba. Por todos los santos, ya me marcho, me voy tranquilo, satisfecho de haberle hecho entrar en razón. No se preocupe, ya verá como acaba superando este mal trago, todos lo hacemos.

Descuide, ya me voy, vuelvo a mi casa, ¿sabe? Disculpe, señorita. Disculpe mi tristeza, y no se engañe, ¿de acuerdo? Y una vez más le pido mil perdones, disculpe mi tristeza.

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