La Noche del Koala

blog escrito de Tebu Guerra

Categoría: Relato

Dieciséis puntos de recarga

Tebu Guerra - Irene León - Dieciseis puntos de recargaCuadro de Irene León (Maruchita)
Técnica mixta, 33 x 46 cm

 

a veces las fuerzas, bueno, ya sabes

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I despertarme sin despertador

II acordarme de ti

III el olor a café

IIII un trozo de chocolate

IIIII no leer el periódico

IIIIII apagar el televisor

IIIIIII apagar el ordenador

IIIIIIII salir de casa y caminar sin rumbo

IIIIIIIII buscar la acera en la que cae el sol

IIIIIIIIII escuchar de pronto nuestra canción, y no saber de dónde viene

IIIIIIIIIII deslumbrarme con un rayo de sol que traspasa las ramas de los árboles.

IIIIIIIIIIii descubrir que me he dejado el móvil en casa y que acabe no importándome

IIIIIIIIIIIII doblar una esquina y de pronto no saber dónde estoy

IIIIIIIIIIIIII reírme de mi despiste

IIIIIIIIIIIIIII sentir en el cuello que llevas un rato caminando a espalda

IIIIIIIIIIIIIIII . . .

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Valguamar, dos relatos

Valguamar, cuentos de lugares, amores y difuntos fue un libro trabajado junto a Gemma Solsona. De ella son diez de los doce relatos que lo componen, y míos son dos. Son relatos demasiado largos para postearlos en el blog, así que copio las sinopsis de  las historias que nos curramos.

El libro fue publicado en el 2010 por Editorial Hijos del Hule y puedes encontrarlo en las librerías preguntando por el siguiente ISBN: 978-84-936002-6-6

 

Valguamar - Valparnaso - Atxe
Atxe

Al Bosque Nunca Más

Se desarrolla en el pueblo de Valparnaso, donde todas las historias son tristes y crueles, de amores frustrados, muerte, venganza, asesinatos… un pueblo imaginario, siniestro y desdichado, donde la fatalidad se ha instalado en la vida de sus habitantes.

Sinopsis:
El bosque de Valparnaso es un lugar sombrío al que ni Doña Rosario, la curandera, se atreve a entrar. Una tarde la vieja ve salir del bosque a Mariana; la niña lleva el vestido roto y en su cuerpo se adivinan signos de violencia. Rosario intentará averiguar lo ocurrido, y eso la llevará a rastrear la atormentada historia de su familia vecina: la desaparición del patriarca Arzís, y la enfermedad de Edna, la madre, que nunca abandona la casa.

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Valguamar - Maronia - Xavier
Xavier Casals

Islabel

Dentro del escenario de los relatos que transcurren cerca de un faro, en playas hermosas y solitarias, islas perdidas en el mar… Con el mar como testigo, las historias que suceden entorno a esta isla se acercan a la leyenda.

Sinopsis:
En la isla nunca habían sido testigos de una tormenta como la de aquella noche. Mientras hace su ronda, el guardacostas encuentra una niña en la playa cuyas únicas pertenencias son su misterioso nombre, y un catalejo con el que la niña busca el barco donde siempre vivió. Un barco donde se encuentra la única compañía que tuvo durante la travesía; un viejo marinero que día tras día le repetía la misma promesa.

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Me gusta

Me  gusta recordar cuando te veía. Me gusta recordar cuando me proponías un café y nos veíamos en el centro, me arrastrabas a un sitio nuevo, y siempre encontrábamos un hueco libre, para nosotros, como si lo hubieras reservado. Tu té con limón, mi café con leche. Y veía tu cara y me hablabas con los ojos. Y me hablabas de esa manera con la que nadie, nunca, me había hablado. Y discutíamos, y el tiempo se estiraba y nos atrapaba en sus entrañas, y nos obligaba a comer algo y nos pasábamos a la cerveza. Le ponías palabras a mis dramas. Y yo fui tu apoyo, aquella época, en la que intentábamos olvidar, y a olvidar se empieza con un cubata, decidimos. Y nos dejábamos llevar, y desafiando a la resaca, aceptábamos el peaje, aunque el pago siempre fuera un día de mierda en la oficina. Siempre te creí, y siempre me fui a la cama con la promesa de un mundo mejor. Me gusta recordar, qué fue lo que compartimos. Y me gusta recordar cómo lo compartimos. Me gusta mucho más de lo que ahora puedes darte cuenta. Me gusta recordar, porque ahora, ya no es lo mismo.

 Ahora, desde hace un tiempo, estar contigo, ya no me gusta. No me gusta.

No me gusta cuando nos vemos, al mediodía, y comemos de menú en sitios nuevos, con esos platos tan raros que nos sirven con prisas de ejecutivo. No me gusta tu gesto, el primero, antes de sentarte. No me gusta que lleves tu  mano al bolsillo y cojas el teléfono, que lo desbloquees, y revises, si ha ocurrido algo en los últimos cinco minutos. Y te rías, con el último comentario, que rechaces una solicitud de amistad, que aceptes participar en el próximo evento, que te detengas un momento a pensar, y te lleves el dedo a los labios, y cierres los ojos, y arrugues la nariz, y hagas ese gesto que haces en medio de un esfuerzo, para resumirlo todo en ciento cuarenta caracteres que no puedes compartir, conmigo, en ese momento, en el que me tienes delante, sentado, esperando a que regreses. No me gusta, esa primera, de muchas ausencias. Como agujeros negros que se abren en el tiempo presente, y que te absorben  y que me dejan fuera, me olvidan, a mi, en ese momento, que estoy contigo, ahí, sentado, con cara de tonto. No me gusta que me saques una foto, con esta cara de tonto. No me gusta, porque yo y mi cara de tonto estamos aquí, frente a ti, esperando a que regreses. Echándote de menos. Acordándome de ti.

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Disculpe mi franqueza

Usted perdone señorita, perdone mi franqueza. La he visto tan distrida que no he podido evitar un vuelco en mi interior. Iba yo en aquél autobús, la línea cinco, y miraba por la ventana hasta que me encontré con usted, anhelando los zapatos del escaparate. Discúlpeme la intromisión, pero, ¿es realmente tan feliz como aparenta? No se enfade conmigo, no pretendo molestarla, es sólo que su alegría me parece tan fugaz que no tuve más remedio que apearme y acudir a su encuentro. No quisiera incomodarle, pero es que hay algo en su manera de pestañear que desconfío, no puedo creer que quiera a la vida tanto como a sí misma, es la suya una actitud egoísta. Me he tomado la licencia de acercarme hasta usted con la intención de favorecerla. ¿No podría obviar por un momento la falsedad de su sonrisa? Sentémonos, le invito a un café y puede usted sincerarse conmigo. Observe, llevo un pañuelo de repuesto con el que puede limpiar sus lágrimas. Sé que no es feliz, no intente mentirme, señorita. Es un insulto a mi inteligencia. En su agarrar el paragüas hay un algo que no puedo explicarle, un gesto perdido que delata la falta de humanidad de la que haría gala si renunciara a mi invitación. Vamos, no invente excusas para mi clarividencia, declinar mi convite sólo agravaría aún más si cabe su situación de desamparo. No me malinterprete, mis intenciones son de lo más bienhechoras, solidarias si prefiere, pero acepte la compañía de este caballero que le tiende una mano comprensiva. No presuponga malos propósitos, no es mi deseo violentarla. No se vea arrastrada a acceder a mi deseo si no es de su agrado, pero tenga a bien barajar mi  ofrecimiento. Y dispense, señorita. Disculpe mi tristeza. Pero verle tan feliz me impide seguir mi camino sin plantearme una cuestión. Es una duda que me asalta desde que la vi, hace unos minutos. ¿Es franca su alegría? Quiero decir, y deseo que me comprenda, tal y como está este mundo miserable, tan revuelto que resulta apenas comprensible, ¿cómo puede sonreir tan abiertamente?

No, por dios. No llore, a ver si voy a enojarme. ¿Es que no era cierta su felicidad hace unos instantes? Ciertamente me hace usted dudar de su honradez, me demuestra el vacío que pude observar cuando por aquí pasé y la ví por vez primera. Tenga, utilice mi pañuelo, ¿ve usted lo que le decía? Su alegría no mostraba otra cosa que egoísmo contenido. No se entristezca, señorita, no pretendía herir sus sentimientos. Sólo intentaba que se diera cuenta de cómo funcionan las cosas hoy en día. No llore demasiado, solo un poco, que no desentone con los que le rodean. Una llantina incontrolada no haría justicia a la belleza de sus ojos. ¿Tiene usted novio? Oh, disculpe mi indiscreción, y claro que no, qué tonto soy, si lo tuviera no se habría puesto de ese modo, tendría unos brazos que le rodearían en actitud protectora.

Qué estúpido he sido al dirigirme a usted con tanta sinceridad. Nada más lejos de mi propósito que hacerle daño. Disculpe, pero me apenaba ver cómo se estaba engañando. No llore, límpiese la nariz, y cómprese esos zapatos que tanto admiraba. Por todos los santos, ya me marcho, me voy tranquilo, satisfecho de haberle hecho entrar en razón. No se preocupe, ya verá como acaba superando este mal trago, todos lo hacemos.

Descuide, ya me voy, vuelvo a mi casa, ¿sabe? Disculpe, señorita. Disculpe mi tristeza, y no se engañe, ¿de acuerdo? Y una vez más le pido mil perdones, disculpe mi tristeza.

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Delayed

Delayed.

Otra vez. Retraso. Estoy harto de este aeropuerto. De la señorita buenos modales que atiende el mostrador. De la señora barras de labio que viene a darnos la mala noticia. Ya ha venido dos veces. Estoy harto todo esto ¿tú no? Aquí no hay nada que hacer. Esta revista es una mierda y tú no quieres hablar. Voy a por café ¿vienes?

Delayed.

Que sí. Puedes no creerme pero ya te digo yo que sí. Es ella. La rubia de aquella mesa, la que le da vueltas con la cañita al gintonic. Como para no reconocerla después de dos horas. Hace que lee. Yo lo que creo es que de vez en cuando le echa un vistazo al libro. Un par de frases. Dudo que complete un párrafo entero antes de darle mil vueltas más a la bebida. Pasa más tiempo mirando el techo que las líneas del libro. ¿Cuántas? Pues yo he contado tres, tres copas en este tiempo. Sorbo a sorbo. Y no es lenta bebiendo. Se regaña de vez en cuando, puede que no le guste. Bueno, esto es una tontería, si no le gustara no lo bebería. Pero quién sabe. Parece que va de femme fatale, ¿no crees? lleva tacones, de aguja. Es como esa canción “formalidad, poca pero que dure”. Pues eso. Puede que sea una pose. Aunque no sé, tendría que quitarse las gafas de sol para verle los ojos. No entiendo esta moda de gafas gigantescas. Bueno, sí que la entiendo, eso de esconderte ahí detrás. Si pudiera verle los ojos podría tener una idea más acertada. En serio, lo he dicho en serio. Me gustaría saber si tiene los ojos perdidos de tres gintonics, o si controla y esa cantidad no es más que un simple aperitivo. ¿que no? Pues conozco a más de una que con cuatro copas están como rositas, frescas y capaces. Pero esta rubia no sé, desde aquí no puedo ver su capacidad, sólo puedo ver cómo remueve la bebida y de vez en cuando mira el libro.

No, yo tampoco puedo ver el título. Podemos jugar inventar uno, ¿qué libro le pega? Mmmno sé, podría ser algo tanto de Sade como de Coehlo.¿Un bestseller? Depende ¿Autoayuda? ¿El del queso? Ese es de hace unos años. ¿El erótico? Sí, va con su imagen, pero prefiero no saberlo. Sería una decepción si… mejor no, mejor no quiero saber qué lee y quedarme sólo con lo que veo. Al menos me hace pensar, mirándola puedo imaginar que es una de esas mujeres interesantes. Lo digo por el alcohol, no por el libro. Hoy en día me atrae más esos tres gintonics que descubrir que lee a Coehlo. Mira la pantalla, mierda. Otra hora más, me estoy poniendo nervioso. Mira, ella ni se inmuta, ha visto el delayed y ha vuelto como si nada a su combinado, ella lo llamará cóctel. Unas cuantas vueltas más, un remolino en su gintonic. Me dan ganas de pedir un ron. Pues no, no sé si me atrevería a decirle algo. Si al menos se quitara las gafas. Me intimida. Y no me gusta, parece que se cree más atractiva con ellas puestas. Sí, claro que le da un aire, ya te dije que de fatale, pero yo lo que quiero es verle los ojos. Puede que los tenga húmedos, no sé, está sola, vino sola, y claro lo que imagino es que allí la espera alguien, pero quién sabe.

Mírala. Se me ocurre que a lo mejor lo que pasa es que tiene miedo de volar, y emborracharse sea la única manera de subirse al avión. ¿Te imaginas? Eso sería interesante. De repente todo el glamur al carajo, toda esa fatalidad se acaba de diluir. Puede solo sea un pajarito asustado, y que su marido la esté esperando en el destino. El marido que se lleva a sus tres hijas a buscar a mamá, y la pobre cuando llegue aun tendrá que calmar a las niñas y acostarlas, y seguro que su marido le pide que cumpla porque hace días que no se ven. Bueno no te pongas así, si tú no dices nada esta es mi historia, puedo inventar lo que quiera.

A lo mejor es un viaje de negocios, a lo mejor está volviendo a casa después de unos días de duro trabajo, y que el gintonic sea su recompensa, ¿no crees? No sé. Podría tratarse de alguien que lleva un buen tiempo sin volver. Un año.

A lo mejor se fue, de su pueblo, y vuelve a reencontrarse con lo de siempre. O tal vez le encante volver, pero entonces ¿porqué bebe? Tal vez sólo porque le apetece. Qué decepción ¿no? Tanta intriga para eso. ¿tú qué crees? No sé. ¿No dices nada?

Mierda mira, otra vez delayed. Joder, otra hora más. Viajar en diciembre es un infierno.

Delayed.

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Delayed.

Y aquél viejo ¿qué me dices? Llevo observándolo un rato y me parece extraño no sé, la calefacción está a tope y él no se ha quitado nada de abrigo ¿lo ves? Tres capas tres capas de abrigo. Y esa gabardina, es de película. Podría llevar algo, un cargamento de algo. Un bate bésibol. Una caña de pescar. Yo qué sé. ¿No dices nada?

Delayed.

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Sé que hago lo correcto

La verdad es un puño, golpea cuando menos lo esperas, provoca heridas que toman su tiempo en cicatrizar.

Pero una verdad es también una buena razón para cambiar, o un arma con que desviar el curso de la corriente. Y sin embargo somos pocos los que alcanzamos este grado de sabiduría. Ella recibió el impacto sin rechistar, ni siquiera gritó como otras veces para pedir que la dejara en paz. Por eso, señor juez, sé que hice lo correcto, y estoy seguro de que lo repetiría mil veces más si me viese en la misma situación. La conozco, señor, y sé que ella no va cambiar. ¿Porqué habría de hacerlo yo?

Del mismo modo reconozco que hace usted lo mejor encerrándome, en la celda tendré tiempo de reflexionar, de perfeccionar mi estrategia, de pulir mis convicciones. Y una vez quede libre, poder terminar lo que ya ha comenzado.

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En la punta de la lengua

A él le resultaba difícil pronunciar el nombre con tres dedos dentro de su boca. El nombre y los dedos eran los de ella.

Cuando él intentaba levantar la lengua, movimiento obligatorio en la pronunciación, topaba con las huellas articuladas de esa mano izquierda. Con la derecha, ella agarraba el muslo de él, y lo apretaba, ahora sí y ahora no, proporcionándole un dolor que no llegaba a ser del todo molesto.

Por su parte, él también mantenía las manos ocupadas. Y sin embargo, concentraba toda su atención en su propia lengua, interrumpida en los movimientos naturales del habla. Notaba cómo la garganta se le llenaba de la saliva que no podía tragar, le divertía ver cómo caía por la mano de ella, cómo se le iba cubriendo el puño de unas diminutas burbujas de color blanco. Ella sonreía. No dejaba de sonreír, abría los ojos y los cerraba. Pero no dejaba de sonreír.

Enredado entre la ropa arrugada que habían dejado por el suelo, se encontraba un silencio que ella había pasado por alto. A él le extrañó. Ella, tan minuciosa en los detalles, y sin embargo no se había dado cuenta de que, a su pregunta, él había callado. No era nuevo, pero esta vez ella no había insistido. Ahora él estaba pagando esa omisión. Ahora ella atenazaba su lengua.

Él se cansó primero. La dejó tirada en el suelo mientras iba a por un cigarro. Ella mantenía los ojos cerrados y reía, como drogada, pensó él mientras fumaba en la terraza. La pregunta, como el humo del cigarro, flotaba alrededor de su cabeza irritándole los ojos.

Camino a la cama, situada a tres pasos del cuerpo de ella, la escuchó parlotear. Al poco, se quedó dormido con esa voz tan soporífera de fondo.

Tuvo un sueño. A un costado de la cama estaba el padre de ella, le amenazaba, le decía – Contesta lo que quieras, pero no debes tocar ahí – . Al otro lado, era la madre quien le animaba – Sí, ahí. Es justo ahí. –

Cuando despertó, ella estaba sentada en la butaca de cuero. La mitad de su cuerpo sobresalía bajo la cortina, la mitad más interesante de su cuerpo. Él se preguntó porqué. Porqué ella seguía ahí. Porqué se empeñaba en no marcharse por las mañanas.

Sentado en la cama escuchó cómo ella volvía a hacerle la misma pregunta. Ahora en un tono tranquilo, seguro, superior. Y esta vez, reunió el valor suficiente para contestar. Pero cuando intentó hablar notó el dolor en la lengua. Tenía una herida abierta y un sabor a metal llenaba su boca. Una gota roja y espesa resbaló por el labio y cayó en la sábana. Su lengua, la punta de su lengua se movía seccionada sobre la cama. Chapoteaba, agonizando, como un pez en un charco de  sangre.

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Caracoles

A veces esa época caracol que prospera en los inviernos, la casa, la manta, la estufa. Ellos dos sobre la cama.

Ella restriega el boli en la libreta que tiene siempre a su lado. A veces logra unas letras que sirven, y las amontona, hoja tras hoja, para cuando llegue el momento adecuado. Él teclea cartas que nunca envía. Me temo –le asegura– que lo hago por si acaso. Y ninguno pregunta al otro, porque les importa demasiado. Y ambos lo guardan todo en ese cajón de la mesilla, bajo la valeriana y el ibuprofeno, la caja en la que guardan los condones que todavía no han usado. Y cuando terminan ella a veces pregunta, con inquietud, cuál es el siguiente paso. Y le besa la espalda a él, que le asegura en ese futuro nunca ha estado. Le propone seguir. Y ella le sigue encantado.

Hay veces en que ella se esfuerza y consigue dejar la cama. Anda el pasillo hasta la puerta y si se esfuerza es capaz de salir al rellano. Se asoma, y siente en la garganta el vértigo de la escalera. Él tiene que ir tras ella y cuando llega la agarra del brazo. Y se paran al borde de aquél hueco, y juntos miran e intentan calcular, de aquí a la calle, todos esos escalones, ¿cuántos? Ella se agarra al pasamano, aprieta con fuerza el metal hasta que siente dolor en los dedos. Clava los ojos en él, su manera de pedirle por favor que diga el resultado de su cálculo. Él responde –Cariño, ya lo sabes. Ya sabes que son demasiados.

Cogidos del brazo desandan, el interior de ese caracol que les lleva siempre al mismo sitio. Regresan entonces a su puerta, su placa con nombres y apellidos. El picaporte, el dormitorio al final del pasillo. La libreta de ella, las cartas de él. Palabras que nacen del frío. Palabras que prefieren guardar para el verano. La mesilla, la valeriana y el ibuprofeno, la caja de los condones que aún no han usado.Vuelven bajo la manta y él le besa la espalda. Ella le propone seguir. Y él la sigue sin pensarlo.

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El que nada no se ahoga

Ella, que lleva el rojo de sus labios calcado en las uñas de los pies, odia encerrarlos en cualquier tipo de calzado. Por eso ha aprovechado la oportunidad de desnudarlos y sentir los arañazos de las piedras, la quemazón del sol de agosto y la sopa boba que es el Mediterráneo. Él se mira las botas, le sudan los pies dentro de los calcetines, mueve los dedos, despacio. No escucha lo que ella le dice.

Ella insiste en jugar a los refranes. Su falda hondea y se le enreda entre las piernas. Habla mirando hacia una roca que está en la orilla, un amasijo de piedra lamido por las olas. Él no sabe cómo entretenerla, y en ese fracaso encuentra una palabra –Torpeza– le dice. Ella le mira extrañada y arruga la nariz. Es su manera de preguntar. Sigue en el juego y reclama que ese no lo conoce. Él baja los párpados y ella vuelve a la carga. Otra vez con los refranes.

Ella saca la toalla de su bolso. La maneja como un capote, la extiende como una mortaja. La sujeta por un extremo y desciende con ella, se deja caer, de rodillas en la arena. Y descubre en la orilla a una pareja de adolescentes, se besan detrás de la roca. Entonces habla, y para él esa voz es un hilo dental que se le cuela en el oído.

Él recibe el aire como una brisa salada, incapaz de borrar la palabra de su cabeza. Entonces no la retiene, la deja salir –Torpeza–. La piensa, del derecho y del revés. La remueve, la desarma. Llana. Tres sílabas. Siete letras. Tres vocales. –Torpeza.

Ella no entiende –¿Qué dices?

–Nada. No era nada.

Ella sonríe. Toma a broma la seriedad de ese hombre, que calza botas en la playa y lleva besándola dos años. –El que nada no se ahoga.

Y él, tan serio, se siente incómodo, como si hubiera descubierto una mentira, y se acerca a ella y le escupe un beso en los labios que les impide mirarse a los ojos.

Ella le rodea con brazos blancos, mueve la pierna y recoloca su postura: así puede besarle con los ojos abiertos hacia los adolescentes, y subir un poco la rodilla, hasta rozar el interruptor que pende de él bajo la cintura. Y le parece que funciona, porque siente humedad en los labios de su hombre, y le hace gracia pensar que en eso se parecen. Y siente el mar cuando ve que los adolescentes se esconden detrás de aquella roca, mientras él le roba un escalofrío con el truco de los dedos. Siente que ella lo intenta con la rótula. Y le entristece estar de espaldas al Mediterráneo, con las botas llenas de arena, y tener que contentarse con besar a su chica en una playa. Con dejarse tocar bajo la toalla mientras avanza la humedad de la noche junto al mar, la arena dentro de su ropa, la sal en el cuerpo de su chica.

Es la hora de marchar, y antes de levantarse él echa un último vistazo al Mediterráneo. En la orilla sorprende a los adolescentes, que no dejan de moverse. Mira entonces a su chica, que sentada en la arena sacude las sandalias. Ella levanta la cabeza y le habla sonriendo –Qué…

Y él contesta sin pensar –Nada.

–El que nada no se ahoga. –responde ella mientrs se abrocha las sandalias.

Él se repite estas últimas palabras, otra vez con los refranes, el que nada no se ahoga. Y contesta al mismo tiempo que descubre una verdad –Y el que se ahoga no nada…

Y sin darse apenas cuenta esa verdad crece con cada paso en dirección a la avenida. Calcula que a eso de las cuatro de la tarde habrá pleamar. Las olas llegarán entonces al punto donde ellos han pasado la tarde, de modo que si descendiera unos metros hacia la orilla, y se empeñara en no nadar, su cuerpo estaría sumergido en las mismas aguas que por no quitarse las botas, hoy ha evitado en todo momento. Y cuando alcanzan las escaleras que suben hasta el paseo le comunica que mañana no podrán ir al cine porque ha surgido algo. Y cuando ella le pregunta de qué se trata, él mira hacia la orilla, y le responde –nada–, y la besa antes de que ella vuelva a contestar, antes de que comience otra vez con los refranes.

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