Disculpe mi franqueza

por Tebu Guerra

Usted perdone señorita, perdone mi franqueza. La he visto tan distrida que no he podido evitar un vuelco en mi interior. Iba yo en aquél autobús, la línea cinco, y miraba por la ventana hasta que me encontré con usted, anhelando los zapatos del escaparate. Discúlpeme la intromisión, pero, ¿es realmente tan feliz como aparenta? No se enfade conmigo, no pretendo molestarla, es sólo que su alegría me parece tan fugaz que no tuve más remedio que apearme y acudir a su encuentro. No quisiera incomodarle, pero es que hay algo en su manera de pestañear que desconfío, no puedo creer que quiera a la vida tanto como a sí misma, es la suya una actitud egoísta. Me he tomado la licencia de acercarme hasta usted con la intención de favorecerla. ¿No podría obviar por un momento la falsedad de su sonrisa? Sentémonos, le invito a un café y puede usted sincerarse conmigo. Observe, llevo un pañuelo de repuesto con el que puede limpiar sus lágrimas. Sé que no es feliz, no intente mentirme, señorita. Es un insulto a mi inteligencia. En su agarrar el paragüas hay un algo que no puedo explicarle, un gesto perdido que delata la falta de humanidad de la que haría gala si renunciara a mi invitación. Vamos, no invente excusas para mi clarividencia, declinar mi convite sólo agravaría aún más si cabe su situación de desamparo. No me malinterprete, mis intenciones son de lo más bienhechoras, solidarias si prefiere, pero acepte la compañía de este caballero que le tiende una mano comprensiva. No presuponga malos propósitos, no es mi deseo violentarla. No se vea arrastrada a acceder a mi deseo si no es de su agrado, pero tenga a bien barajar mi  ofrecimiento. Y dispense, señorita. Disculpe mi tristeza. Pero verle tan feliz me impide seguir mi camino sin plantearme una cuestión. Es una duda que me asalta desde que la vi, hace unos minutos. ¿Es franca su alegría? Quiero decir, y deseo que me comprenda, tal y como está este mundo miserable, tan revuelto que resulta apenas comprensible, ¿cómo puede sonreir tan abiertamente?

No, por dios. No llore, a ver si voy a enojarme. ¿Es que no era cierta su felicidad hace unos instantes? Ciertamente me hace usted dudar de su honradez, me demuestra el vacío que pude observar cuando por aquí pasé y la ví por vez primera. Tenga, utilice mi pañuelo, ¿ve usted lo que le decía? Su alegría no mostraba otra cosa que egoísmo contenido. No se entristezca, señorita, no pretendía herir sus sentimientos. Sólo intentaba que se diera cuenta de cómo funcionan las cosas hoy en día. No llore demasiado, solo un poco, que no desentone con los que le rodean. Una llantina incontrolada no haría justicia a la belleza de sus ojos. ¿Tiene usted novio? Oh, disculpe mi indiscreción, y claro que no, qué tonto soy, si lo tuviera no se habría puesto de ese modo, tendría unos brazos que le rodearían en actitud protectora.

Qué estúpido he sido al dirigirme a usted con tanta sinceridad. Nada más lejos de mi propósito que hacerle daño. Disculpe, pero me apenaba ver cómo se estaba engañando. No llore, límpiese la nariz, y cómprese esos zapatos que tanto admiraba. Por todos los santos, ya me marcho, me voy tranquilo, satisfecho de haberle hecho entrar en razón. No se preocupe, ya verá como acaba superando este mal trago, todos lo hacemos.

Descuide, ya me voy, vuelvo a mi casa, ¿sabe? Disculpe, señorita. Disculpe mi tristeza, y no se engañe, ¿de acuerdo? Y una vez más le pido mil perdones, disculpe mi tristeza.

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