Tango y desgarro

por Tebu Guerra

Alejandro daba tumbos por la calle. Alejandro, viejo y descarado, sudaba mares de ansiedad en la mañana alcohólica de sábado.

Jugaba aún en su garganta con la miel de su tórrida Lolita, veinteañera ligera de moral, gozada hacía apenas una hora en la intimidad de un portal abandonado. Tanto entró la lengua de Alejandro, con sesenta y dos años que tenía. Tan resabida en experiencia, que anhelaba el manjar que de chaval provó y ya no quiso olvidar. Pero su juventud había pasado, entre trabajos mal pagados y la búsqueda de un sueño. Era músico, eso decía, y con esa treta entraba a las muchachas. Sin embargo ajustándonos a la realidad habría que decir de él tan sólo que tocaba el piano, que entonaba buenos tangos, que era el rey del pianobar con destreza y con encanto, un par de horas cada día hasta que el ron le hacía estragos. Se apeaba entonces de su trono y a otros bares iba, cambiaba la geografía de su piano por aventuras de barra. Copas y faldas, risas y osadía, siempre era su noche, esa era su vida. Pero alejandro se gastaba, se le terminaban los tangos y ya no componía. Hasta esta noche, que fue distinta, pues se topó con una adolescente, hermoso ser, voluptuoso, que le prometió las mil delicias. Pero volviendo a casa Alejandro maldecía, pues descubrió, a su edad quién lo diría, que la suerte de un encuentro era regalo efímero. Y es que tras besar la boca joven, con lujuria y frenesí, acariciar sus pechos duros, y bucear en los labios que no llevan carmín, su cortejada se marchó, negándole a Alejandro entrar de nuevo en su jardín. Así volvió él a casa, deseando no borrar de su mente el recuerdo, pretendiendo que el placer le volviera para el sueño.

Sábado tarde de resaca. Alejandro evitaba los espejos, escondía su cara demacrada. Buscaba su dignidad por toda la casa, y por no encontrarla, la creyó perdida en la visión de la muchacha. En la mirada hambrienta de la joven desvergonzada, que admiraba concupiscente las arrugas de su cuerpo. Puso el disco preferido, viejos tangos de su tiempo, años mozos bien vividos. Danzó consigo mismo una pieza temeraria, con su miembro bien dispuesto que se alza para bailarla. Descorchó una botella, un buen tinto que guardaba, y copa tras copa maldijo la soledad de su colchón, el vacío de su cama.

Alejandro, viejo loco, que no pudo no acordarse de las caricas de su amante, la manceba que le hirió unas horas antes.

Alejandro, que llega a la noche con pies ligeros, embriagado. Que se afeita y se perfuma, y abriendo otra botella se disfraza de galán con sus ropas más selectas. Que sale a la calle y en su particular Lolita piensa, que se sienta ante su piano con una melodía en la cabeza. Cuando le sirven un ron el dolor se le acrecienta, intuyendo que esa noche se irá sólo de nuevo, mientras imagina que ella estará con otro viejo. Y cuando a mitad de la actuación, con demasiadas copas en su cuerpo, Alejandro la sospecha seduciendo a otro cuerpo, interrumpe su canción. Conteniendo el llanto susurra los siguientes versos:

“Mátame antes que negarte

no me hundas sin aviso,

no te acerques y luego marches.

No me mires si no quieres

que no es fácil olvidarte,

que emborracharme siempre puedo

con otras sangres palpitantes.

Con cualquiera menos tú,

con quien quiera arroparme”.

Alejandro ya no quiere otros bares visitar, y regresa haciendo eses por la calle del alcohol. Por fin ha compuesto un nuevo tango, de desgarro y compasión, y le grita a su joven amante una última estrofa de rencor:

“No hay retorno para el sueño

ni mirada que te atraiga,

falta líbido en mi lecho.

Sólo queda, sólo huelo,

sólo hay flujo entre tus piernas

que regalas a otro hambriento”.

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