Sal de plata

por Tebu Guerra

Ella está alargándose las pestañas frente al espejo del baño. No le gusta que la retraten. Y menos este tipo, al que apenas conoce y que le está apuntando con el objetivo de su cámara. Lleva desde el fin de semana en su casa, y aún no quiere que se vaya. Se está pintando los labios, arreglándose para ir a trabajar. Es martes, o puede que miércoles. Le seguirá dando igual utilizar tanto maquillaje si las ojeras son de pura lucha. Pura lucha en la cama, esfuerzo físico en el suelo, calor bajo la ducha. Nuevas recetas con viejos ingredientes sobre la mesa de la cocina.

Ella le habla del destino, él la ignora. Está ocupado cambiando la película de la cámara de fotos. Ella está diciendo algo sobre la conveniencia de creer en una fuerza, utiliza la metáfora del imán y los campos magnéticos. Él está pensando que ni en su pueblo gastó tantos fotogramas como ha quemado este fin de semana. No cree interrumpirla al preguntar ¿qué día es hoy? mientras ella aplica el rimel.

Creo que sigue siendo sábado. Responde ella cuando cierra la puerta y le da dos vueltas a la llave. Él sabe que no entiende nada de trabajo, mucho menos de mujeres.

No le preocupa que ella le encierre en la casa. Que cierre con llave es sólo una prueba más de que en su pueblo la vida no era vida. No había conocido nunca a una mujer animal, se trata de otra pista que le sugiere estar en el camino idóneo. Lo que le duele es no poder tirar una foto de cada instante. Eso sí que sería genial.

No hay televisor en la casa, ella nunca trae el diario. Las horas que ella malgasta en la oficina las practica él en revelado. Esta foto es buena, se dice sentado en la cama. Lástima que ya no pueda salir a por más balas de sal de plata con que cargar mi cámara. Entonces le da por pensar, si no hay más fotos lo nuestro se ha acabado. Se le ocurre que tendría que decírselo cuanto antes. Y sigue sentado en la cama, dando vueltas a la cámara descargada.

Espera a que ella llegue para darle la noticia. Y ella llega cuando ya ha anochecido. Trae vino y dos carretes, setenta y dos fotos a color. Les ha hecho un lazo de regalo, como si estuviera abriendo las piernas una vez más. A él no le da tiempo de decir nada más que hola.

¿Qué día es hoy? pregunta ella cuando despierta en el suelo. Y él, que sigue sobre ella, le responde que aún sigue siendo sábado. Es evidente que en todo este tiempo no ha aprendido nada acerca de los días de trabajo, no entiende esas mañanas que son pesadilla para ella cuando no ha dormido. Sólo prepara su cámara. Va a buscarla al baño cuando está frente al espejo, alargándose las pestañas y hablando sobre el destino y diciendo cosas sobre energías y fuerzas que son un imán.

El lunes tendrás que irte. Le dice ella antes de cerrar la puerta y darle dos vueltas a la llave. Ahora él se preocupa, ¿qué día es hoy? Pero su cámara no habla y las fotos no tienen fecha.

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