En la punta de la lengua

por Tebu Guerra

A él le resultaba difícil pronunciar el nombre con tres dedos dentro de su boca. El nombre y los dedos eran los de ella.

Cuando él intentaba levantar la lengua, movimiento obligatorio en la pronunciación, topaba con las huellas articuladas de esa mano izquierda. Con la derecha, ella agarraba el muslo de él, y lo apretaba, ahora sí y ahora no, proporcionándole un dolor que no llegaba a ser del todo molesto.

Por su parte, él también mantenía las manos ocupadas. Y sin embargo, concentraba toda su atención en su propia lengua, interrumpida en los movimientos naturales del habla. Notaba cómo la garganta se le llenaba de la saliva que no podía tragar, le divertía ver cómo caía por la mano de ella, cómo se le iba cubriendo el puño de unas diminutas burbujas de color blanco. Ella sonreía. No dejaba de sonreír, abría los ojos y los cerraba. Pero no dejaba de sonreír.

Enredado entre la ropa arrugada que habían dejado por el suelo, se encontraba un silencio que ella había pasado por alto. A él le extrañó. Ella, tan minuciosa en los detalles, y sin embargo no se había dado cuenta de que, a su pregunta, él había callado. No era nuevo, pero esta vez ella no había insistido. Ahora él estaba pagando esa omisión. Ahora ella atenazaba su lengua.

Él se cansó primero. La dejó tirada en el suelo mientras iba a por un cigarro. Ella mantenía los ojos cerrados y reía, como drogada, pensó él mientras fumaba en la terraza. La pregunta, como el humo del cigarro, flotaba alrededor de su cabeza irritándole los ojos.

Camino a la cama, situada a tres pasos del cuerpo de ella, la escuchó parlotear. Al poco, se quedó dormido con esa voz tan soporífera de fondo.

Tuvo un sueño. A un costado de la cama estaba el padre de ella, le amenazaba, le decía – Contesta lo que quieras, pero no debes tocar ahí – . Al otro lado, era la madre quien le animaba – Sí, ahí. Es justo ahí. –

Cuando despertó, ella estaba sentada en la butaca de cuero. La mitad de su cuerpo sobresalía bajo la cortina, la mitad más interesante de su cuerpo. Él se preguntó porqué. Porqué ella seguía ahí. Porqué se empeñaba en no marcharse por las mañanas.

Sentado en la cama escuchó cómo ella volvía a hacerle la misma pregunta. Ahora en un tono tranquilo, seguro, superior. Y esta vez, reunió el valor suficiente para contestar. Pero cuando intentó hablar notó el dolor en la lengua. Tenía una herida abierta y un sabor a metal llenaba su boca. Una gota roja y espesa resbaló por el labio y cayó en la sábana. Su lengua, la punta de su lengua se movía seccionada sobre la cama. Chapoteaba, agonizando, como un pez en un charco de  sangre.

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