El que nada no se ahoga

por Tebu Guerra

Ella, que lleva el rojo de sus labios calcado en las uñas de los pies, odia encerrarlos en cualquier tipo de calzado. Por eso ha aprovechado la oportunidad de desnudarlos y sentir los arañazos de las piedras, la quemazón del sol de agosto y la sopa boba que es el Mediterráneo. Él se mira las botas, le sudan los pies dentro de los calcetines, mueve los dedos, despacio. No escucha lo que ella le dice.

Ella insiste en jugar a los refranes. Su falda hondea y se le enreda entre las piernas. Habla mirando hacia una roca que está en la orilla, un amasijo de piedra lamido por las olas. Él no sabe cómo entretenerla, y en ese fracaso encuentra una palabra –Torpeza– le dice. Ella le mira extrañada y arruga la nariz. Es su manera de preguntar. Sigue en el juego y reclama que ese no lo conoce. Él baja los párpados y ella vuelve a la carga. Otra vez con los refranes.

Ella saca la toalla de su bolso. La maneja como un capote, la extiende como una mortaja. La sujeta por un extremo y desciende con ella, se deja caer, de rodillas en la arena. Y descubre en la orilla a una pareja de adolescentes, se besan detrás de la roca. Entonces habla, y para él esa voz es un hilo dental que se le cuela en el oído.

Él recibe el aire como una brisa salada, incapaz de borrar la palabra de su cabeza. Entonces no la retiene, la deja salir –Torpeza–. La piensa, del derecho y del revés. La remueve, la desarma. Llana. Tres sílabas. Siete letras. Tres vocales. –Torpeza.

Ella no entiende –¿Qué dices?

–Nada. No era nada.

Ella sonríe. Toma a broma la seriedad de ese hombre, que calza botas en la playa y lleva besándola dos años. –El que nada no se ahoga.

Y él, tan serio, se siente incómodo, como si hubiera descubierto una mentira, y se acerca a ella y le escupe un beso en los labios que les impide mirarse a los ojos.

Ella le rodea con brazos blancos, mueve la pierna y recoloca su postura: así puede besarle con los ojos abiertos hacia los adolescentes, y subir un poco la rodilla, hasta rozar el interruptor que pende de él bajo la cintura. Y le parece que funciona, porque siente humedad en los labios de su hombre, y le hace gracia pensar que en eso se parecen. Y siente el mar cuando ve que los adolescentes se esconden detrás de aquella roca, mientras él le roba un escalofrío con el truco de los dedos. Siente que ella lo intenta con la rótula. Y le entristece estar de espaldas al Mediterráneo, con las botas llenas de arena, y tener que contentarse con besar a su chica en una playa. Con dejarse tocar bajo la toalla mientras avanza la humedad de la noche junto al mar, la arena dentro de su ropa, la sal en el cuerpo de su chica.

Es la hora de marchar, y antes de levantarse él echa un último vistazo al Mediterráneo. En la orilla sorprende a los adolescentes, que no dejan de moverse. Mira entonces a su chica, que sentada en la arena sacude las sandalias. Ella levanta la cabeza y le habla sonriendo –Qué…

Y él contesta sin pensar –Nada.

–El que nada no se ahoga. –responde ella mientrs se abrocha las sandalias.

Él se repite estas últimas palabras, otra vez con los refranes, el que nada no se ahoga. Y contesta al mismo tiempo que descubre una verdad –Y el que se ahoga no nada…

Y sin darse apenas cuenta esa verdad crece con cada paso en dirección a la avenida. Calcula que a eso de las cuatro de la tarde habrá pleamar. Las olas llegarán entonces al punto donde ellos han pasado la tarde, de modo que si descendiera unos metros hacia la orilla, y se empeñara en no nadar, su cuerpo estaría sumergido en las mismas aguas que por no quitarse las botas, hoy ha evitado en todo momento. Y cuando alcanzan las escaleras que suben hasta el paseo le comunica que mañana no podrán ir al cine porque ha surgido algo. Y cuando ella le pregunta de qué se trata, él mira hacia la orilla, y le responde –nada–, y la besa antes de que ella vuelva a contestar, antes de que comience otra vez con los refranes.

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