La Noche del Koala

blog escrito de Tebu Guerra

Caracoles

A veces esa época caracol que prospera en los inviernos, la casa, la manta, la estufa. Ellos dos sobre la cama.

Ella restriega el boli en la libreta que tiene siempre a su lado. A veces logra unas letras que sirven, y las amontona, hoja tras hoja, para cuando llegue el momento adecuado. Él teclea cartas que nunca envía. Me temo –le asegura– que lo hago por si acaso. Y ninguno pregunta al otro, porque les importa demasiado. Y ambos lo guardan todo en ese cajón de la mesilla, bajo la valeriana y el ibuprofeno, la caja en la que guardan los condones que todavía no han usado. Y cuando terminan ella a veces pregunta, con inquietud, cuál es el siguiente paso. Y le besa la espalda a él, que le asegura en ese futuro nunca ha estado. Le propone seguir. Y ella le sigue encantado.

Hay veces en que ella se esfuerza y consigue dejar la cama. Anda el pasillo hasta la puerta y si se esfuerza es capaz de salir al rellano. Se asoma, y siente en la garganta el vértigo de la escalera. Él tiene que ir tras ella y cuando llega la agarra del brazo. Y se paran al borde de aquél hueco, y juntos miran e intentan calcular, de aquí a la calle, todos esos escalones, ¿cuántos? Ella se agarra al pasamano, aprieta con fuerza el metal hasta que siente dolor en los dedos. Clava los ojos en él, su manera de pedirle por favor que diga el resultado de su cálculo. Él responde –Cariño, ya lo sabes. Ya sabes que son demasiados.

Cogidos del brazo desandan, el interior de ese caracol que les lleva siempre al mismo sitio. Regresan entonces a su puerta, su placa con nombres y apellidos. El picaporte, el dormitorio al final del pasillo. La libreta de ella, las cartas de él. Palabras que nacen del frío. Palabras que prefieren guardar para el verano. La mesilla, la valeriana y el ibuprofeno, la caja de los condones que aún no han usado.Vuelven bajo la manta y él le besa la espalda. Ella le propone seguir. Y él la sigue sin pensarlo.

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Tango y desgarro

Alejandro daba tumbos por la calle. Alejandro, viejo y descarado, sudaba mares de ansiedad en la mañana alcohólica de sábado.

Jugaba aún en su garganta con la miel de su tórrida Lolita, veinteañera ligera de moral, gozada hacía apenas una hora en la intimidad de un portal abandonado. Tanto entró la lengua de Alejandro, con sesenta y dos años que tenía. Tan resabida en experiencia, que anhelaba el manjar que de chaval provó y ya no quiso olvidar. Pero su juventud había pasado, entre trabajos mal pagados y la búsqueda de un sueño. Era músico, eso decía, y con esa treta entraba a las muchachas. Sin embargo ajustándonos a la realidad habría que decir de él tan sólo que tocaba el piano, que entonaba buenos tangos, que era el rey del pianobar con destreza y con encanto, un par de horas cada día hasta que el ron le hacía estragos. Se apeaba entonces de su trono y a otros bares iba, cambiaba la geografía de su piano por aventuras de barra. Copas y faldas, risas y osadía, siempre era su noche, esa era su vida. Pero alejandro se gastaba, se le terminaban los tangos y ya no componía. Hasta esta noche, que fue distinta, pues se topó con una adolescente, hermoso ser, voluptuoso, que le prometió las mil delicias. Pero volviendo a casa Alejandro maldecía, pues descubrió, a su edad quién lo diría, que la suerte de un encuentro era regalo efímero. Y es que tras besar la boca joven, con lujuria y frenesí, acariciar sus pechos duros, y bucear en los labios que no llevan carmín, su cortejada se marchó, negándole a Alejandro entrar de nuevo en su jardín. Así volvió él a casa, deseando no borrar de su mente el recuerdo, pretendiendo que el placer le volviera para el sueño.

Sábado tarde de resaca. Alejandro evitaba los espejos, escondía su cara demacrada. Buscaba su dignidad por toda la casa, y por no encontrarla, la creyó perdida en la visión de la muchacha. En la mirada hambrienta de la joven desvergonzada, que admiraba concupiscente las arrugas de su cuerpo. Puso el disco preferido, viejos tangos de su tiempo, años mozos bien vividos. Danzó consigo mismo una pieza temeraria, con su miembro bien dispuesto que se alza para bailarla. Descorchó una botella, un buen tinto que guardaba, y copa tras copa maldijo la soledad de su colchón, el vacío de su cama.

Alejandro, viejo loco, que no pudo no acordarse de las caricas de su amante, la manceba que le hirió unas horas antes.

Alejandro, que llega a la noche con pies ligeros, embriagado. Que se afeita y se perfuma, y abriendo otra botella se disfraza de galán con sus ropas más selectas. Que sale a la calle y en su particular Lolita piensa, que se sienta ante su piano con una melodía en la cabeza. Cuando le sirven un ron el dolor se le acrecienta, intuyendo que esa noche se irá sólo de nuevo, mientras imagina que ella estará con otro viejo. Y cuando a mitad de la actuación, con demasiadas copas en su cuerpo, Alejandro la sospecha seduciendo a otro cuerpo, interrumpe su canción. Conteniendo el llanto susurra los siguientes versos:

“Mátame antes que negarte

no me hundas sin aviso,

no te acerques y luego marches.

No me mires si no quieres

que no es fácil olvidarte,

que emborracharme siempre puedo

con otras sangres palpitantes.

Con cualquiera menos tú,

con quien quiera arroparme”.

Alejandro ya no quiere otros bares visitar, y regresa haciendo eses por la calle del alcohol. Por fin ha compuesto un nuevo tango, de desgarro y compasión, y le grita a su joven amante una última estrofa de rencor:

“No hay retorno para el sueño

ni mirada que te atraiga,

falta líbido en mi lecho.

Sólo queda, sólo huelo,

sólo hay flujo entre tus piernas

que regalas a otro hambriento”.

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Oscuridad

Si yo te miro, y tú me miras, y somos capaces de entrever un fin en ello, o mejor aún una justificación, quizá quede todo explicado. Y tímidos, descubramos una verdad bajo estas sábanas.

Pero si en cambio yo te toco y tú me tocas. Y nos hemos saltado el protocolo de olernos, y probar los labios mutuos, y explorar la piel ajena, entonces, es probable que finjamos en el desgaste de este roce.

Así que mejor corremos el riesgo.

Apaga la luz.

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Siguen cayendo hojas

Siguen cayendo hojas de aquél árbol, el mismo que hace un infinito nos da sombra.

A veces nos reunimos, y bajo el efecto narcótico de nuestra amistad, y la eficacia terapéutica de la mutua escucha, destapamos la caja que contiene nuestros profundos anhelos. Tú defiendes la quimera. Yo sostengo una vez más, que tras un hecho simple se esconde siempre una maraña de nudos imposibles. Y lo veo con tanta claridad, que no puedes más que describirme como un chinche paranoico. Mientras, no haces otra cosa que imaginar futuros perfectos donde todos somos felices. Rememorar aquél año en que pereza y diversión iban combinados, recordar aquellas personas que un día se nos cruzaron.

Quedarán mis palabras, vivirán para siempre tus sueños, seguiremos quemando neuronas en descubrir quién de los dos está en lo cierto.

Siguen cayendo hojas, gracias que nadie las va barriendo.

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La destreza de mi trazo

Al lápiz de Emma le faltaban vitaminas. La goma, en cambio, no paraba de saltar por toda la casa borrándolo todo, las líneas de su libreta, la letra ñ del teclado del ordenador, la sonrisa de su cara. Fui en su auxilio.

Me recibió con el lápiz en la mano. Me estaba contando lo que ocurría cuando vi que su pie izquierdo había desaparecido – necesito que me dibujes –. Presumo de la destreza de mi mano, y conocía a Emma tan bien que podía hacerlo de memoria. Se tumbó sobre la mesa y comencé a dibujarla.

El lápiz estaba cansado, no lograba terminar un dedo antes de que desapareciera otra parte de su cuerpo. Ella aprovechó para sugerirme – Podrías obviar los juanetes. ¿Y hacerme las piernas finas?, me sobra cadera – Yo encantado: nada de celulitis, fuera la barriguita, ¿y los pechos? Inspiración mia.

La goma se acabaría gastando, pero mientras, lo más delicado era el interior. ¿Quién conoce a la perfección esa maquinaria? El bazo, un riñón, y el corazón. Me esmeré, claroscuro del músculo vital. Pero fue precisamente aquí donde cometí el fallo, un olvido imperdonable.

– Ya estás – Ella respondió que muchas gracias, no lo olvidaría. De eso hace dos meses. Ya no me llama, siempre está con otro. Me he prometido no caer de nuevo en el mismo error, si dibujar a otra persona es la única salida, no olvidaré trazarle un candado, bonito, bien cerrado, y guardarme yo la llave para siempre.

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El fallo universal

Tras un justo juicio, el Ser Supremo mandó llamar al ente pecador. Era hora de dictar sentencia.

Habiendo asumido la responsabilidad de sus actos, el acusado se dispuso a acatar la pena que le fuera impuesta. Nada ya podía hacer ante la magnificencia del viejo sabio.

El martillo tornó silencioso todo el cosmos. El veredicto fue contundente:

–Tu vida compendia todas las faltas. Tus actos, son fiel reflejo de la perversa sustancia que tu alma contiene. Injusticia, odio y desdicha. Estafa, chantaje, tráfico, violación y extorsión de corazones puros, de vírgenes presencias. No muestras ni un ápice de arrepentimiento, serás duramente castigado. Te condeno, pues, a ser humano.

El ajusticiado pidió un último deseo:

– Adán seré llamado.

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